Cabeza de Perro, el pirata de Tenerife

Batalla naval de piratas

El descubrimiento de América en 1492 y las nuevas rutas de navegación a través de la costa occidental africana, convirtieron a Canarias en un punto clave de las rutas marítimas hacia el océano Indico. Los barcos de toda Europa regresaban cargados de especias y tesoros, y sus rutas pasaban obligatoriamente entre Azores y Canarias, siendo en estos siglos cuando se produce la mayor proliferación de piratas y corsarios en nuestras islas. Y desde el siglo XV al XVIII, francesas, holandeses, ingleses y berberiscos, atacaron todas las islas, ninguna se vio libre del asedio y la rapiña de estos piratas que eran el terror de todos los barcos que se atrevían a cruzar el Atlantico.

Hoy quiero contarles la historia de un pirata tinerfeño llamado Cabeza de Perro. En el año de 1800, en el pueblo de Igueste de San Andres, nació Angel Garcia, en una pequeña casa junto al mar y muy cerca de donde esta la Cueva del Agua. El apodo de Cabeza de Perro le venia por sus rasgos físicos. Su cuerpo grueso y rechoncho, con nariz chata y ojos pequeños, boca grande y dientes separados, y una cabeza deforme y abultada, por lo que siempre la llevaba cubierta para disimular su deformidad.

Angel García había sido un niño maltratado y solitario, el fruto y la suma de muchas iras y rencores, y así creció, arisco y huraño, hasta que tuvo su barco y con el se sintió libre y poderoso, dando rienda suelta a sus mas bajos instintos. Eso si, jamas asaltó barco alguno que navegara en aguas de su isla, a la que volvía de vez en cuando a refugiarse en su casa y donde procuraba pasar inadvertido.

Únicamente a solas con el mar se sentía a sus anchas, y con su barco, El Invencible, surco los mares y se hizo famoso. Con su cabeza enorme, incapaz de discernir pero capaz de asaltar, incendiar y asesinar sin piedad hombres mujeres y niños. Cuando acababa con el saqueo, hundía los barcos y se alejaba en su bergantín sin dejar rastro de sus fechorías.

Cuentan que en una de estas horribles tragedias, cuando se alejaba mirando las olas que se habían tragado su crimen, oyó los llantos de una niña de dos años que se sostenía gracias a los faldones de su vestido, y que decía entre sollozos……mama, upa, mama…. Mientras se alejaba a toda prisa, Cabeza de Perro se mantenía inmóvil, contemplando como le mar se tragaba el frágil cuerpecillo, y al día siguiente, este sanguinario pirata repartió todo su botín entre sus compañeros de pillaje, sin quedarse ninguna parte para el, conservando solo su argolla de oro y su cuchillo. Vendió de prisa su siniestro barco y decidió que ya era hora de volver a casa.

Además ya el reuma atormentaba sus rodillas y los buenos tiempos de la piratería habían pasado pasado, así que volvería a su tierra, a ver pasar los barcos desde la ventana, y quizá podría casarse y tener hijos………y tal vez, ya no oiría mas a aquella niña gritar sobre las olas: Upa….. mama, upa….

Cabeza de Perro entonces compró un pasaje para Santa Cruz de Tenerife en un barco que salia de La Habana. Compró también tabaco, café en abundancia y una cotorra, y durante la travesía no salio apenas del camarote.

Y una mañana, Ángel García desembarco en su tierra por primera vez como pasajero, no como pirata. El mismo cargo su equipaje, y con su grotesco aspecto, su cotorra y su paraguas, llamo inmediatamente la atención de los transeúntes del puerto santacrucero, que le dedicaron burlas y cuchufletas. Y entonces sucedió lo imprevisto. De todos los rincones de las callejuelas, surgieron una multitud de niños callejeros que no tardaron en rodear al curioso forastero.

Cabeza de Perro arremetió contra todos ellos con su afilado paraguas, y entonces los pequeños “palanquines”, la emprendieron a pedradas con el, y le arrebataron la jaula de la cotorra, el sombrero y el paraguas, dando en tierra con los huesos del pirata y pateando su cabeza contra los adoquines. Curiosamente, eran los niños, aquellos a los que sin piedad había pasado a cuchillo junto a sus madres, los que le entregaban a la justicia de los hombres.

Cuando acudieron los guardias, estaban inmóvil, pero mantenía en su mano el cuchillo que había sacado para defenderse de la chiquillada. El singular cuchillo, con el mango de una cabeza de perro,  lo delató, y por primera vez en su vida, sintió sobre el la mano de la justicia, a la que se sometió humildemente.

Cuentan que en la cárcel se entretenía en fabricar la replica de un barco en miniatura. Cuando se le preguntaba, viendo el primor con que ajustaba velas y jarcias, para quien era el juguete, contestaba “para una niña que me llora dentro”. Fueron los llantos de aquella niña que se trago el mar los que volvieron manso al desalmado pirata, y cuando alguien le sugirió la idea de pedir clemencia a la Reina de España, se limitó a contestar cabizbajo y con voz temblorosa “No es ella la que debe perdonarme”.

Paso largo tiempo en el Castillo de Paso Alto,  y cuando se supo la sentencia de su muerte, nadie quiso perderse el espectáculo de su traslado, a pie y entre bayonetas, desde aquella fortaleza hasta el barrio del Cabo, donde tuvo lugar la ejecución. Cuando por fin llego el día, el sargento encargado de conducirlo le pregunto si deseaba una ultima gracia. Y el reo Ángel García, con la cabeza erguida y una ligera sonrisa en su rostro, sólo pidió un buen habano para ir fundándolo, y que llevaran su barquito a la Virgen del Carmen de su pueblo, Igueste de San Andrés.

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